Archivo mensual: julio 2016

Crónicas desde Iten (I): La llegada

Después de dos años vuelvo a Kenya, tierra de corredores. Cuando uno aterriza en su capital, Nairobi, no respira precisamente atletismo, sino ese llamado “caos”. Aunque yo prefiero entenderlo como otro modo de vida en el que ese “caos” guía a los habitantes de este continente en su manera de ser. Personas que hasta el momento solo me han transmitido bondad y felicidad a pesar de su precariedad.

El trayecto a Iten

Para llegar a la gran meca de los corredores, uno debe transcurrir por las peligrosas pero apasionantes carreteras del país en matatu, su medio de transporte más conocido. Se trata de una especie de furgoneta muy peculiar de 9 asientos más el del conductor, donde, si te descuidas, pueden viajar hasta 18 o más personas y que realiza sus paradas en cualquier tramo al borde de la carretera siempre que allí lo solicite un viandante.

Viajaremos así hasta llegar a Iten. Una pequeñísima localidad situada en lo alto del Valle del Rift donde la gran mayoría de sus habitantes son atletas. Su única carretera divide las pocas casas y pequeños comercios que la conforman que ya se asientan sobre la tierra rojiza que da paso a innumerables e infinitos caminos por donde los corredores se pierden dos veces al día, incluso tres, a excepción de los domingos que solo salen una o ninguna dependiendo del grupo en el que estén.

La llegada, ¡con una carrera!

Ésta vez la expedición la formamos nueve componentes del equipo de running de Valencia [ The Kenyan Urban Way ]. Somos afortunados, primer día en Iten y se celebra una carrera 10k. Aquí separan mujeres de hombres, dando primero la salida a las féminas.

La organización parece envidiable: hay personas marcando y supervisando el recorrido en la zona del pueblo cada 30 metros, algo exagerado. La gente espera inquieta por ver llegar a los primeros ¿quién sera? Poco después, vemos cómo viene la primera corredora. Llega algo distanciada, pero ¡qué poderío!, vaya correr más liviano, así da gusto y eso que es cuesta arriba. A los 150 metros la segunda, la tercera, ahora ya vienen todas como cuentagotas.

Hay premio económico para las y los 10 primeros, lo que deja ver algún que otro sprint final de vértigo entre varias corredoras de los primeros puestos. Una de ellas, al entrar en meta, cae exhausta y se la tienen que llevar. El resto, al cruzar la meta se tiran en la hierba. Todas lo han dado todo. Llega el primer hombre distanciado también, se vuelven a repetir los sprints finales, todos quieren conseguir el dinero.

Caminamos entre ellos por la zona de llegada, queremos verles de cerca y yo además quiero ver si encuentro a Everline, mi amiga kenyata desde hace dos años. El olor que desprenden estos corredores por el sudor de su esfuerzo es fuerte, es muy fuerte. No la encuentro. La organización nos invita a sentarnos en unas sillas que habían puesto, aceptamos, y como somos españoles y siempre nos hacemos de notar, salimos a bailar a la hierba para animar un poco el ambiente. Estaban tardando mucho en dar los premios y, ¡ale!, ya sabe todo Iten que ha llegado un grupo de españoles.

Primera toma de contacto

De vuelta a casa por fin me encuentro con Eva, había venido a buscarme al lugar donde nos alojamos. Quedamos para la tarde y nosotros nos vamos a correr un poco. Hoy es nuestro primer día a 2400 m de altitud, así que con media hora de carrera continua, suficiente.

Los primeros minutos parece que la cosa va bien, pero enseguida te das cuenta que no, que los que venimos del nivel del mar no podemos escapar a los efectos de tal altitud. Me empieza a pesar todo una barbaridad, parece que voy corriendo hacia atrás, los oídos me duelen como si estuviera buceando a 5 metros, pero tengo que llegar así que acepto donde estamos y llego a paso lento pero continuo pensando que poco a poco todo irá mejorando.

Por la tarde vamos a visitar a Eva a su nueva casita. Es la típica casita donde viven los atletas. Fachada blanca, puerta azul, unos 6 metros cuadrados y un patio de hierba interior que lo comparten todos los que viven en cada uno de los muchos complejos de este tipo.

Pero como siempre, como es habitual en estos atletas, nos acoge en su modesta casita y consigue sentarnos a todos dentro. Le presento a mis amigos, charlamos un rato y le doy el montón de regalos que traía para ella.

La luz del sol se esconde, avisa que tenemos que volver, mañana será otro día.

Raquel Landín es atleta y entrenadora. [ raquellandin.es ]

“TRIÁNGULO DE AMOR RUNNER. ENTRENAMIENTOS CRUZADOS, VIDAS CRUZADAS”

Hace ya tiempo que empezó nuestra relación, fue cosa del destino. Yo sabía que existías
pero pasaba de tí, la verdad. No me atraías nada, ¡qué quieres que te diga! y eso que me
habían hablado bastante bien de ti. De hecho una de mis mejores amigas no hacía más
que insistir en que dejara de correr y quería que te conociera, pero yo siempre
respondía lo mismo “no, ¿por qué?, ¿para qué? Así estoy bien, siempre lo he estado”.
Pero a ella se sumo mi Isquio, y créeme cuando quieren pueden llegar a ser muy
pesados.

Te veía al pasar por las mañanas cuando iba a trabajar. Allí estabas tú con tus amigos a
lo vuestro, os mirada por curiosidad pero no me hacías nada de gracia, siempre lo
mismo. Pero mi músculo insistía “Dale una oportunidad” me repetía con voz cansada.

Hasta hace unas semanas, justo cuando aquella forma de correr que siempre me había
entendido y mi Isquio discutieron. Los impactos que me producía El Suelo por el que
acostumbraba a correr le producían demasiado dolor a mi músculo. Empecé a notarme
incómoda corriendo por él, fue ahí cuando nuestros caminos se cruzaron. A la fuerza, y muy
a mi pesar, accedí a darte una oportunidad. ¿Todos nos la merecemos no? Incluso dicen
que una segunda también, yo no lo tengo tan claro.

Nuestros encuentros empezaron siendo esporádicos, no era capaz de comprenderte,
preferí seguir corriendo por El Suelo aún con sus impactos y dolor, era más divertido
que tú, ¿dónde iba ir a parar?. Por él me sentía libre, contigo era como estar presa.

Querías que no me moviera, que simulara correr en el sitio, siempre lo mismo y a mí
eso no me gustaba nada de nada. Intentabas convencerme de que lo que sentía corriendo
por El Suelo era pasajero. Ahí te debí decir que nunca intentes convencer a un corredor
de que lo que siente por correr por El Suelo es tan solo un impulso momentáneo, una
moda, porque precisamente esa pasión no está destinada al agotamiento sino a hacerse
más fuerte con el paso del tiempo.

Eres una máquina aburrida, lo tenía claro y aún así me obligué a cambiar el chip, era
muy pronto para sacar una conclusión tan atacante, hacía poco que te conocía. Pero algo
en tí me decía que persistiera, que aguantase un poco más, que fuera fuerte porque
nuestra relación iba a merecer la pena.

El cambio

Prometí darte una oportunidad y yo soy una mujer de palabra. Así que seguí visitándote.
Pasamos de vernos una vez a la semana a varias veces y, poco a poco, con la tontería de que a
veces tenías una televisión cerca y otras escuchabas música, empezaste a caerme mejor.
Empecé a pillarte el puntito, incluso cuando me despedía de ti me apetecía volver a
quedar contigo
y eso que me dejabas las piernas tan mal que luego me costaba hasta
caminar.

El tiempo pasaba y aunque mi intención era volver a correr por El Suelo, solo tú me
hacías sentir bien, contigo no notaba dolor, me tratabas con cariño a pesar de maldecirte
¿curioso verdad?.

Quería perder lo mínimo posible la forma así que no me quedó más
remedio que aumentar nuestros encuentros semanales, tanto que hasta empezamos a
quedar varias veces al día y como el famoso dicho “el roce hace el cariño” que tanta
razón tiene, te fui comprendiendo cada vez más. Querías enseñarme a ser más paciente,
y desde luego lo conseguiste, porque el tiempo a tu lado parecía no pasar ni a la de tres,
por más que miraba las agujas del reloj, ahí seguían como si las hubieras parado adrede
para retenerme a tu lado más tiempo.

Una vez más te saliste con la tuya, mis pies sobre los tuyos, me hiciste tuya y me
volviste más reflexiva, empecé a comprender mejor las cosas, a valorarlo todo un poco
más y, como si de uno de mis largos viajes alrededor del mundo se tratase, el tiempo a tu
lado me hizo crecer como persona.

Pero yo seguía echándolo de menos, a pesar de haber tenido nuestras crisis, seguía
enamorada, no podía evitarlo, lo siento. En el fondo tú lo sabías, pero no lo querías
admitir. Compréndelo, yo y El Suelo éramos uno, nuestra relación empezó hace ya
muchos años, era pura pasión
, no podíamos vivir el uno sin el otro.

Tú me has enseñado cosas que nadie antes lo había hecho, gracias a ti he crecido, he
comprendido y aprendido. Enfrentarme a ti me ha hecho más fuerte. Pero no te voy a
mentir, El Suelo me atrae más. No por ello tenemos que dejar de vernos. De hecho me
gustaría seguir quedando contigo
, ponernos al día y seguir teniendo nuestros momentos
de reflexión juntos, ya sabes. Aunque pueda sonar a tópico me gustaría que fuéramos
buenos amigos.

Ahora que te conozco más a fondo, creo que eres una máquina de las que realmente vale
la pena
, y aunque mi atracción por tí no haya ido a más a pesar de tus esfuerzos, siempre te estaré agradecida. Tu paso por mi vida de atleta ha significado un nuevo comienzo en el que espero no cometer los mismos errores.

Espero que no te enfades Elíptica, tampoco ha estado tan mal. Bueno, ¿qué me dices?